El criterio no es una opinión ni una creencia personal.
Es la capacidad de leer la experiencia con coherencia, diferenciando hechos, interpretaciones y reacciones, y asumiendo la responsabilidad que corresponde en cada caso.
Muchas veces se confunde criterio con “tener una postura” o con sostener una idea con convicción. Sin embargo, una opinión puede ser intensa y aun así carecer de criterio. El criterio no se impone ni se defiende: se construye con observación y descripción.
El criterio se va formando cuando una persona puede detenerse, revisar lo que ocurre y ajustar su forma de responder a la realidad. No surge de acumular información ni de aplicar fórmulas, sino de aprender a leer la experiencia sin negarla, sin justificarla y sin dramatizarla.
Con criterio, las decisiones dejan de ser puramente reactivas. La persona empieza a distinguir qué le corresponde, qué no, y desde dónde está decidiendo. Esto no garantiza comodidad, pero sí mayor coherencia y autonomía.
Ejemplo cotidiano
Dos personas reciben la misma crítica.
Una reacciona defendiéndose de inmediato y repite el conflicto.
La otra escucha, discrimina qué parte es información útil y cuál no, y decide cómo responder.
La diferencia no está en la crítica, sino en el criterio con el que es procesada.
¿Desde dónde estás tomando hoy tus decisiones: desde la reacción inmediata o desde un criterio que podés revisar y sostener?